Era lunes. No un lunes monotono, de esos
que saben a ausencia y llanto. Era un lunes diferente, con un olor a
futuro en el ambiente. Y yo estaba sentada alli, al borde de la playa,
con el aroma a mar impregnando mi pelo y dandome alas para escribir todo
lo que quisiera y mas. Hacia tiempo que no sabia que decir, o mas bien
como hacerlo, porque ultimamente todo me supera, no abarco las emociones
que me inundan y que, a mi pesar, son por tu sonrisa.
Yo estaba
alli, viendo la gente pasar, perdidos en si mismos, rodeados de una
absurda y nostalgica perfeccion. Paseando al borde del mar, con la vista
perdida en un horizonte infinito que les llama a pensar, recapacitar,
perderse en si mismos para encontrarse unos minutos mas tarde. Todo a mi
alrededor me llamaba a sentirme mejor. Me llamaba a perderme por una
tarde entre arena y mar. Y a cambiar las flores marchitas por unas
margaritas nuevas. Todo me llamaba a arriesgarme y conocer el infinito
de su mano. A recorrer carreteras con destino a ninguna parte sin miedo a
lo que pudiera pasar. A abrazar a la soledad y decirle adios por un
tiempo. A soñar, vivir, escribir. A no tener miedo a las despedidas y a
bailar, a no parar de bailar por los pasillos cada medianoche con una
sonrisa pintada en el corazon. Me llamaba pedir un deseo cada madrugada,
a las 2:22.
Aquella tarde el mar me hizo retomar la escritura. Me libero.
El mar, el mejor amigo de la soledad y de la imperfecta perfeccion de la busqueda de uno mismo.
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